El dengue es la enfermedad vírica transmitida por mosquitos que más rápidamente se propaga en el mundo. A diferencia de otros mosquitos, Aedes aegypti, el principal vector del dengue, pica durante el día. Aedes albopictus, un vector secundario del dengue, puede sobrevivir en regiones más frías. Existen cuatro serotipos del virus, estrechamente relacionados entre sí, que provocan el dengue y la inmunidad permanente después de la infección.
Una forma grave del dengue (conocida como dengue hemorrágico) es prevalente en zonas tropicales y subtropicales de la mayor parte de los países de Asia y América Latina. Se estima que cada año unas 500 000 personas con dengue hemorrágico necesitan hospitalización, entre ellos una gran proporción de niños. Aproximadamente un 2,5% de ellos muere.
Los síntomas del dengue incluyen fiebre, cefalea intensa, dolor retroocular, dolores musculares y articulares, adenopatías y erupción cutánea. No hay vacuna ni ningún medicamente específico para tratar el dengue. Las personas con dengue deben guardar reposo, beber abundante líquido y bajar la fiebre con paracetamol.
El dengue hemorrágico se caracteriza por fiebre, dolor abdominal, vómitos persistentes, hemorragias y dificultad para respirar. Es una complicación que puede ser mortal, y afecta principalmente a los niños.
En lo concerniente al dengue hemorrágico, la atención dispensada por médicos y enfermeras con experiencia en los efectos y la evolución de la enfermedad puede salvar vidas, reducir las tasas de mortalidad de más del 20% a menos del 1%. En el tratamiento del dengue hemorrágico es esencial mantener la volemia.
El único método para limitar la transmisión del virus del dengue consiste en controlar a los mosquitos vectores y protegerse contra sus picaduras.
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